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| Resultado del Concurso "Minería: socavón, cielo abierto y después..." |
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| Esquel - Noticias |
| Viernes 27 de Marzo de 2009 13:35 |
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Esquel, Chubut, Argentina – 27/03/09. A lo largo del año 2008 se recibieron trabajos de distintos puntos del país para participar del “Concurso Artístico Quinto Aniversario de la Consulta Popular” que proponía como tema “Minería: socavón, cielo abierto y después…”. Tal como estaba previsto, en marzo de 2009 cuando se cumple el 6to. Aniversario de la Consulta Popular en la que los esquelenses gritamos al mundo NO A LA MINA, damos a conocer los resultados del Concurso. Ante todo queremos agradecer la cantidad de trabajos enviados, el alto grado de compromiso con la vida y el ferviente rechazo al saqueo y la contaminación manifestado en todas las producciones recibidas. El esfuerzo, el estudio, la inventiva de todos los participantes, se han traducido en palabras que se transforman hoy en un significativo aporte a la lucha de nuestro pueblo. Los trabajos presentados fueron distribuidos en cinco jurados según la disciplina: Historia, Jurídico, Literatura, Medicina y Música. MIRADAS DE SAL “Cielo arriba de Jujuy, camino a la Puna me voy a cantar” M. J. Castilla Toma la ruta 52. Deja Purmamarca con la ilusión de que las Salinas Grandes, que lo convocaron desde una revista, lo deslumbren cuando las conozca verdaderamente, en todo su esplendor. Algo leyó sobre el trabajo en las minas de sal y no estaría de más ver qué hace allí esa gente. Va como siempre, en plan de turista independiente. Auto alquilado, cámara fotográfica, mapa rutero, y unos llamativos pero inútiles folletos. Un paisaje surrealista espera a quien allí se encamina, y unos ojos mucho más profundos que los pozos en la sal confían en encontrarse con los suyos. Transita la Cuesta de Lipán superando con entusiasmo cada repecho, ignorante del intenso e inmenso paso que acaba de dar. Atrás queda la Quebrada de Humahuaca y en ella custodiados los colores. Ha perdido el abrigo de los cerros y el cielo lo abarca todo. Observa con fascinación las sutiles ondulaciones aceitunadas y se admira por el dibujo que las infinitas curvas de asfalto van diseñando. A pesar de la felicidad que le produce creer que está más cerca del sol, le falta el aire. Cuando alcanza el Abra del Potrerillo advierte, a poco más de cuatro mil metros, que esas alturas no son para cualquiera. Quería alucinarse con la rareza de un desierto de sal y caminar por una llanura blanca, seca, agrietada; sabía que podría apreciar a lo lejos el nevado de Chañi y pensaba tomar las mejores instantáneas. Con eso y con un cielo sin nubes, sencillamente con eso, pretendía volver satisfecho de la aventura. Es imposible. Las salinas y su gente son parte de la Puna y en esa inmensidad no hay espacio para la trivialidad; allí lo intrascendente se desvanece. Tampoco ve un socavón como suponía, sino muchos pozos rectangulares, cavados a cielo abierto, simétricamente dispuestos sobre el desierto, con agua cristalina sobre el fondo salado, inmaculadamente blanco… como reservorios de lágrimas. Mientras prospera su quimera y comienza a recorrer a pie la salina, se da cuenta de que su imaginación nunca hubiera sido suficiente. El contraste celeste y perfecto del cielo limpio con el llano nacarado es una fiesta, y el sol es un enemigo, candente pero deseado, en la alturas heladas del Altiplano. La mirada no le alcanza para vivir el espectáculo, precisa aplicar todos los sentidos… Rasga el suelo, consigue tomar un terrón, lo huele, lo desgrana y lo saborea con avidez, pero se estremece cuando siente en la boca cierta amargura después de tragar la sal. Recuerda que allí mismo, en ese paraje inhóspito, durmió por siglos la momia de un niño inca…Acaso sus padres ignoraron que la impertinencia de la ciencia irrumpiría en el destino sagrado de la criatura y la reduciría a datos de museo… Sin embargo no es esa historia lo que le produce una fuerte conmoción al visitante. Él sabe que está en las profundidades de lo que fuera una gran laguna y aprecia el crujido de sus pisadas sobre las grietas del blanco e inmenso desierto de sal. El viento de Los Andes le descorre el velo y sucede el hallazgo. Han llegado recién iniciado el día. Desde lejos, por pendientes, durante horas, en bicicleta o a pie. Han trabajado desde temprano y le han quitado al desierto, mano a mano, lo que la ciudad necesita. Allí están, dueños de la llanura estéril, cercados por un cielo inexplicable. Enmascarados, cubiertos rostros y cabellos por un pasamontañas negro como amparo cotidiano frente al sol, el viento, el salitre que penetra hasta la sangre. A cielo abierto, sin barbijo, asumiendo el polvillo de sal que corroe los pulmones. Enmascarados. A cielo abierto, sin justicia ni resguardo decente bajo un sol que no perdona y lacera la piel día tras día. Enmascarados. Oyendo un viento que no sabe de susurros, soportando el frío intenso de La Puna, sin abrigo adecuado. Allí están, enmascarados como un extraño comando. Como exóticos activistas. Cabeza y manos mal protegidas. Artesanos clandestinos. Es entonces cuando surge la paradoja: se comprende por incapacidad. Se comprende porque no se tiene la astucia de los poderosos para eludir el latigazo de esas vidas hechas de sal. Se comprende porque se conoce el sabor de la sal en el llanto que se ha sorbido, en la aspereza repentina en la piel y en los pulmones que se opacan por el salitre que ronda. Se comprende porque uno no ha nacido para la ambición y el egoísmo. Se comprende porque uno es incapaz de ofender a la Tierra y evadir aquellos ojos sin rostro. Durante segundos interminables, quien llegó como turista, descifró el silencio de los hombres de sal. Ahora sabe que hay miradas que el azar no cruza. Se ha visto a sí mismo en los ojos oscuros y profundos de un rostro oculto tras un pasamontañas de lana de llama, negro y raído. Ahora sabe que ya es tiempo de hacer algo. Autora: NORA CORIA |




